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Plaza de mercado de La Mesa: crítica al diseño, memoria derrumbada y un ovni arquitectónico

  • Foto del escritor: maureem studio
    maureem studio
  • 21 jul
  • 6 min de lectura

¿Cómo se diseña una plaza sin escuchar al pueblo? La Mesa ya caminó su nueva plaza campesina. La observamos, la sentimos, la rodeamos. Y sí: como dijo una amiga arquitecta, parece un ovni genérico, un objeto que aterrizó sin conocer el territorio donde cayó.

Mientras tanto, la otra mitad de la plaza —la de nuestra infancia— se derrumba. Ese vacío en el estómago no es metáfora: es memoria cayendo. Yo vi esa inauguración siendo niña. Vi a Kike Mejía entregando el restaurante a doña Leonarda y a don Henry. Siempre fueron dos partes descoordinadas, dos tiempos sin diálogo. Y ahí, como una muela olvidada, Telecom, irradiando abandono en un pueblo que ya se siente abandonado por su gobierno local. Tres piezas de un mismo cuerpo, en una sola cuadra, sin conversación entre sí.

1° parte de la nueva plaza de mercado de La mesa Cundinamarca, Colombia, 2026.
1° parte de la nueva plaza de mercado de La mesa Cundinamarca, Colombia, 2026.

La plaza como nuestra raíz: la ceiba que nos sostiene.

Nuestra plaza de mercado es una raíz profunda. Una ceiba que nos ha sostenido generación tras generación. Un lugar donde todavía sabemos cómo nace una papa, cómo madura un mango, cómo huele la tierra cuando se abre. Ser de pueblo es un privilegio: aquí la vida todavía se reconoce a sí misma. Por eso este texto no destruye: construye. Llama la atención sobre una arquitectura que es catalizadora de cambios en nosotros, en nuestra economía, en nuestra cultura y en nuestra salud emocional.

La competencia desigual: rapidez vs. arraigo

Hoy las plazas compiten con las grandes superficies: Fruver, Jumbo, Carulla. Buscamos rapidez, un solo lugar donde esté todo, ahorrar tiempo. Pero ¿tiempo para qué? El sistema nos pone a correr y nos convence de que la velocidad es progreso. Hasta que una enfermedad nos obliga a parar y recién ahí preguntamos hacia dónde íbamos. La plaza es lo contrario: sol, fotones, alimento vivo, conversación, pausa, tejido social. Un lujo que solo existe en tierras ecuatoriales, ORO por el cual nos han querido colonizar una y otra vez.

La nueva construcción: lo que falta integrar para que la plaza respire.

La primera etapa de la nueva plaza campesina abre una oportunidad para fortalecer aspectos esenciales del diseño humano y territorial. Todavía falta incorporar: • Un estudio bioclimático que permita que el edificio responda al clima cálido y a las dinámicas del mercado. • Ventilación cruzada que refresque el espacio y mejore la salud pública. • Buitrones o chimeneas de calor para evacuar aire caliente y estabilizar la temperatura interior. • Condiciones térmicas adecuadas que protejan los productos y prolonguen su vida útil. • Arborización y diseño paisajístico que aporten sombra, identidad y confort climático. • Mobiliario para descanso, espera y encuentro, que sostenga la vida social del mercado. • Puntos de disposición de residuos, integrados a una estrategia de manejo y cultura del cuidado. • Sistemas de extracción de olores para las zonas de cocina y preparación de alimentos. • Un estudio del movimiento humano, que permita organizar flujos, recorridos y zonas de permanencia. La estructura actual es un prototipo funcional, pero aún falta que se ajuste al ritmo del pueblo, a su memoria y a su manera de habitar el mercado. Falta integrar el amor por este territorio y la conversación con quienes lo viven cada día. Lo que hace un árbol (y lo que aún podemos sumar) parece lógico, pero no. Un árbol es infraestructura vital: baja la temperatura, produce oxígeno, regula el agua del suelo, genera suelo fértil, crea hábitat, atenúa ruido, filtra luz y mejora la habitabilidad humana. Integrar arborización en el entorno de la plaza no es un adorno: es una necesidad climática, social y emocional. La percepción humana reconoce la naturaleza como bienestar; por eso, sumar árboles es sumar salud, identidad y vida.

Lo que debería existir: cultura, economía verde, arraigo.

Nuestra plaza debería tener: • espacios para artesanías y productos orgánicos • zonas para eventos dominicales, danzas y música • un árbol central que sea símbolo y punto de encuentro • mesas largas y butacos que mantengan la costumbre de comer con desconocidos • diseño que sostenga el tejido social • sistemas de energía solar • recolección de aguas lluvias • tratamiento de residuos orgánicos • economía circular • infraestructura autosustentable Todo esto existe en el mundo. No es utopía: es voluntad.

La parte que falta: socialización real, no vi —o no se hizo— una socialización profunda del diseño. Según los lineamientos del DNP (2018), una plaza de mercado requiere: diálogo con comerciantes, estudio de necesidades por tipo de producto, análisis antropológico y sociocultural, participación comunitaria, mesas técnicas interdisciplinarias, lectura del territorio, diseño desde la vida cotidiana. Una plaza no se diseña con planos: se diseña con comunidad. El chip mesuno y la corresponsabilidad Sí, necesitamos campañas que enseñen sentido de pertenencia. Sí, tenemos un chip repetido: “el gobierno tiene que suplir”. Pero también necesitamos preguntarnos: ¿qué aportamos nosotros? recoger el papel del piso, comprarle al campesino, no usar bolsas plásticas, llevar el canasto, caminar más, criticar menos, ayudar más, enseñar con amor y diplomacia. El cambio empieza por hacerse cargo de uno mismo. Una plaza de mercado no es un edificio: es la raíz viva de un pueblo. Si la cuidamos, nos cuida. Si la abandonamos, nos abandona. La arquitectura que construimos es la arquitectura que nos construye.



Del arraigo al objeto. Después de hablar de la memoria, vale la pena hablar de la forma, porque la arquitectura no es únicamente concreto, acero o cubiertas; es la manera en que un lugar decide relacionarse con quienes lo habitan. Y cuando esa conversación no ocurre, el edificio puede funcionar, pero difícilmente pertenecer. Ahí es donde mi mirada como arquitecta coincide con la de Maureem. Para mí, esta obra es un OVNI arquitectónico: aterrizó en el lugar, pero nunca dialogó con él... Una pieza genérica, carente de autenticidad, de escucha al usuario, a sus necesidades y a la forma en que habita su espacio. Como si, al diseñarla, se hubiese olvidado por completo de lo que decía, en pocas palabras, el padre de la arquitectura moderna, Le Corbusier —o El Cuervo, como lo llamaríamos si el tipo hubiese sido mesuno—: "Lo que no pasa por la mano, no pasa por el corazón." En cambio, llenaron este sitio de figuras anómalas en su fachada para darle ese toque "contemporáneo" o "moderno" que tanto busca la gente, pero sin propósito, sin raíz y, seguramente, sin mucho sentido. Un tupper hermético que, para los conocedores culinarios de antes, como mi abuela, y para los de ahora, como algunos de mis amigos cocineros de los restaurantes más apetecidos de la región, es el enemigo número uno de la frescura, el sabor y el color de los increíbles alimentos que producen, con todo el amor del mundo, nuestros campesinos. Es como si se hubiese querido aislar o tapar todo lo que sucede adentro: el movimiento, las sonrisas, el caos y esa energía que construye la identidad de este tipo de lugares. Siempre he estado convencida —y lo compruebo cada vez que construimos algo nuevo— de que incorporar estrategias bioclimáticas desde el planteamiento de un diseño es mil veces más económico que dejar de lado este aspecto técnico de vital importancia. Celosías para generar ventilación cruzada; vanos para mirar a la calle y saludar al vecino que va pasando mientras entra el airecito fresco; el aprovechamiento de las cubiertas para incorporar paneles de energía solar, como ya lo hacen algunos vecinos del sector y, de paso, mejorar el confort térmico de la cubierta; vegetación nativa que genere sombra; pérgolas para regular el ingreso de la luz natural y aprovecharla al máximo, entre muchas otras estrategias que transforman un espacio en un lugar verdaderamente habitable y sostenible. La ubicación estratégica de esta construcción es el imán perfecto que necesita el municipio para conectar espacios tan olvidados y mágicos como el Mirador del Recreo que, por factores sociales, por nuestro poco interés como habitantes y por la desconexión con las decisiones del gobierno, han quedado relegados al olvido, desaprovechando todo su potencial turístico, cultural y comercial. Pero, en lugar de convertirse en un escenario para recuperar el interés cultural y social de la zona, esta plaza termina siendo algo sin nombre, sin identidad, hasta sin letrero… Como si no quisiéramos que nadie supiera que es allí donde, en algún momento de nuestra vida, terminamos convergiendo todos. Una obra que pudo convertirse en un punto de encuentro para la memoria colectiva y la vida cotidiana del municipio, pero que, al menos por ahora, parece haber sido diseñada para verse, más que para vivirse.


Por Maureem - arquitectura interior - / May - arquitecta -

Ensayo sobre territorio, memoria y arquitectura pública.

La Mesa Cundinamarca, 21/07/2026 - Colombia 2026 -


 
 
 

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